Mi propio experimento social

Hace apenas unas semanas les lanzaba una pequeña indirecta en mi Facebook personal  advirtiéndoles que estaba así de sacar a mi Cristina Yang de la tercera temporada:

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Ok, just kidding! A pesar de que el estrés, llamémosle así, forma parte de mi vida diaria, últimamente un sentimiento familiar y poco agradable había estado haciendo su presencia: la frustración.

Según lo define la RAE, la frustración es privar a alguien de lo que esperaba. En mis casi nueve años de experiencia como docente, he tratado la frustración de mis alumnos y analizado cómo manejan sus frustraciones, regularmente se tratan de frustraciones provocadas con el fin de que ellos logren la resolución de un problema y no se detengan por ningún obstáculo. Pero conforme pasaba mis días y este sentimiento resurgía me pregunté, ¿qué hizo la última vez estallar la bomba de la frustración? Por supuesto que lo tengo claro y nunca lo he olvidado, ¿cómo olvidar un sentimiento que te hizo revaluar tu vida y tu objetivo en este mundo?  Siempre diré que hubo un momento antes y después de ese sentimiento que cambió mi vida y agradezco haber encontrado lo que lo provocaba y dejarlo ir.

Ser maestra fue una profesión que llegó como llegan los amores reales, sin avisar, sin buscar y que terminan siendo lo más grandioso de tu vida. Así es mi trabajo, saber que tus palabras, tus actos y todo lo que realices  puede influir en una persona es una responsabilidad muy grande y a la vez muy gratificante. Mis horas frente a grupo las siento como minutos, minutos llenos de enriquecimiento, motivación, esperanzas y la oportunidad de ver a través de los distintos sueños que estoy segura están cerca de realizarse. Pero si mal no recuerdo, una de las razones de mi poco amigable sentimiento fue ese, el no cumplir con mis expectativas de maestro y convertirme en una niñera, qué digo niñera, un corral cuyo único objetivo es cerrarse o abrirse para dejar salir al ser que se encuentra dentro. Brindo protección, soy útil, pero no genero ningún impacto en lo que haga o deje de hacer. Bien podría ser negro, blanco, inglés o matemáticas y mi razón es la misma, estar ahí y cuidar que no se salgan.

Puedo llegar a ser un tanto melodramática, pero ese era mi sentir y tuvo que venir algo externo para darme cuenta que era el momento de seguir adelante, tal vez ni siquiera fue esa situación lo que me hizo cambiar, tal vez fui yo quien me dí la oportunidad de parar y volver a empezar. Así, después de ese momento de autoconocimiento tuve la oportunidad de ingresar a un nuevo centro de estudios, con jóvenes adolescentes, víctimas del estereotipo. Conforme los fui conociendo, me di cuenta que todos y cada uno de ellos son únicos y geniales, seres humanos sedientos de aprendizaje y de que alguien esté ahí para ellos, de reconocerlos. Pero yo también soy humano, y si algo me enseñaron mis maestros y que recuerdo profundamente es que el ser humano tiene la necesidad de ser reconocido.

Mis días, semestres pasaron, pero fue en este último que mi percepción dio un giro. Es como si toda tu labor fuera vista a través de tus errores, que como humanos, tenemos. No importa la opinión de quienes están conmigo cada hora, por alguna razón mi trabajo y desempeño se miden a través de un cristal unidimensional, que no está dispuesto a ver sus propias fallas, que como sistema o persona siempre tendremos, esa es la base del crecimiento.  Ser juzgada, no evaluada, juzgada por razones ajenas a mis competencias poco a poco desgastan y aunque cada día estés dispuesta a empezar de cero y tratar de ver todo del lado positivo, parece ser que siempre hay algo que se regocija de degradar tu labor, de volverte a ver como un corral.

Era un globo que se estaba llenando y yo me daba cuenta, encontré la virtud en otros proyectos, en el amor de mi familia, en la amistad, en el aire, en el cielo, en todo. Pero ese globo no se vaciaba y sucedió lo que tenía que suceder, explotó. Y fue un último aire lo que lo hizo explotar: el robo de mi celular.

Así hubiera sido un lápiz, el sentimiento sería el mismo. Las personas tendemos a juzgar sin ver más allá del significado de las cosas. Como siempre lo he dicho, cada cabeza es un mundo y este mundo tiene muchas dimensiones. No tendría el valor de publicar mi pensar, si fuera lo material el objeto de mi angustia. ¡Qué vida tan vacía y sin sentido tendría si mis sueños estuvieran sujetos a un trozo de plástico, metal y vidrio! Créanme que si ese fuera mi sentir, no tendría ningún sentido estar en mi profesión.

¿Recuerdos, documentos, ¡FOTOS DESNUDA!? Claro que hay recuerdos, pero no tan valiosos como los que guardo en mi mente y mi corazón. Porque crecer con las tecnologías me ha permitido saber que los mejores momentos se disfrutan, no se guardan en memorias de celulares. ¿Documentos importantes? También los hay y como autora de dichos documentos volveré a hacerlos y lo veré como una oportunidad de mejorarlos. ¿Fotos desnuda? No las hay, porque como les comenté, los mejores momentos se disfrutan con todos tus sentidos, pero si las hubiera, no veo el por qué hacer un escándalo de mi cuerpo, el cual es tan igual como el tuyo, el de tu amiga, el de tu mamá y no debería sentir vergüenza de mi naturaleza humana.

Entonces, ¿qué me hizo estallar? La injusticia y el tiempo. Dos de las cosas más valiosas de nuestras vidas. Estamos viviendo sumisos, callados, aceptamos lo que sucede y no hacemos nada para pararlo, para decir que no esta bien, que no es lo correcto. Evolucionamos y nos adaptamos a circunstancias a las que no deberíamos adaptarnos, nos sentimos cómodos rodeados de violencia, robos, violaciones, corrupción, muertes, contaminación, estamos destruyendo especies y no nos inmuta. Preferimos mirar a otro lado por miedo a perder nuestra imagen, nuestro trabajo, nuestra zona de confort.

Preferimos criticar y culpar a la víctima a autoevaluarnos como  seres individuales pertenecientes a una sociedad  y reconocer hasta dónde están llegando nuestras acciones y omisiones. Por supuesto que esa persona que tomó el celular tuvo una razón, ¿pero qué es lo que la está orillando a cometer estos actos?

Y,  ¿el tiempo? Mi padre me enseñó que el regalo más grande es el presente. Mi presente es lo más valioso que yo puedo otorgarle a alguien, le estoy entregando mi vida, mi tiempo, una parte de mi que yo no podré recuperar y que si se vive haciendo lo que amas no se pierde. Como comentaba con anterioridad, los documentos se vuelven a elaborar y sirve como una oportunidad para mejorar y aprender de los errores, pero ¿y el tiempo? Ese presente que yo ya había pasado realizando parte de mi trabajo,  en vez de disfrutar un momento con mi familia, ¿ese cuánto vale? Les aseguro que no más que todos los celulares del mundo juntos.

Y no queridos amigos y familiares, no tengo por qué disculparme por hacer una publicación en cual busco un cambio en la percepción que estamos teniendo como sociedad ante lo que sucede a nuestro alrededor, mejor los invito a unirnos, a alzar la voz, a recibir  lo que nosotros estamos dispuestos a dar o que ya estamos otorgando. Y como ser humano los invito a perdonar, a perdonarnos a nosotros mismos y a saber que cada día es una nueva oportunidad para volver empezar y hacerlo mejor.

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